jueves, 20 de octubre de 2016

El señor Aurelio



Tuve la fortuna de conocer a mi abuelo, vendimiar con él y trillar y... comer sopas de ajo de su cazuela.

Mi abuelo Aurelio cumpliría hoy 120 años. Cuando nació, España aún comprendía Cuba, Puerto Rico, Islas Filipinas, Palaos, Marianas y Carolinas. Pero enseguida se perdieron en guerra con los Estados Unidos de América que previamente habían realizado ofertas de compra por parte de varios de sus presidentes (John Quincy Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses S. Grant), ofertas que España siempre rechazó. Fue el desastre del 98.

En aquellos años la vida no era fácil para casi nadie. Pero mi abuelo lo tuvo muy difícil.

"Quien no conoce abuela no conoce cosa buena".

Aurelio no conoció abuelas ni abuelos. Su hermana Manuela había muerto con tres años antes de nacer él. Su padre murió cuando él no había cumplido los tres años y cuando solo tenía cinco murió también su madre. Su hermano Antonio, tres años mayor, también murió cuando Aurelio tenía diecisiete. Así, huérfano se crió con unos tíos maternos, Felipe y Ambrosia.

Felipe y Ambrosia
Mi abuelo se educó con sus propios medios y esfuerzo. Mi madre guardó y yo encontré una libreta en la que su padre hacía copias, problemas, ejercicios de redacción, ortografía, etc.




Trabajó muchísimo desde niño para hacerse persona, hacer una familia y dejar a sus hijos un capital como se decía entonces consistente en propiedades, casas, fincas, viñas, huertas... y hasta dinero.
Con mi abuela tuvo cuatro hijas y tres hijos que le dieron diecisiete nietos y unos treinta bistinetos.
Vivió siempre con su medio-hermana Estefanía, seis años mayor que él, a quien los nietos llamábamos como oíamos decir a nuestros padres: "tía Estefanía".


Hombre de fe que, sin comerse los santos, la vivía con seriedad.

Querido y estimado por todos. En los tiempos de la guerra civil fue respetado por las dos partes.

Reconocido especialmente por su honestidad y buen juicio.

Lo que más le valoran sus hijos fue que les hizo estudiar a todos. Eran tiempos en los que ayudar en el trabajo de casa, en las tierras y con las vacas era lo más urgente y necesario. Pero él se multiplicaba para atender a todo sin quitar a los suyos de asistir a la escuela y después a los estudios posteriores.

Yo creo que lo más valioso que recibieron de él fue la educación moral que les inculcó con su ejemplo y buenos consejos: la adhesión incondicional a lo que es correcto y a la verdad.

Los abuelos, como los padres, empiezan a serlo en un momento concreto pero no dejan de serlo nunca. Por eso estoy seguro de que desde el más allá sigue velando por la buena educación ahora de sus tataranietos.


1 comentario:

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